¿Es realmente necesario motivar?

Roberto Crobu - Socio-Director de Öptima: Coaching, Formación, Orientación

Durante el último mes he tenido conversaciones muy edificantes con varios/as profesionales de RRHH

Algunas incluso con visiones y perspectivas contrarias acerca de cómo abordar algunos aspectos relacionados con la gestión de personas. Pero todas han representado una ocasión de reflexión que me ha hecho madurar más en profundidad la problemática sobre LA MOTIVACIÓN.

 

Tengo que agradecer en especial manera aquellas personas con ideas al respecto que pueden considerarse incluso “polémicas” ya que son aquellas que me han permitido evolucionar en mi personal visión del tema.

Me refiero a aquellos/as que me han manifestado la idea que “la empresa no tiene por qué motivar a las personas, y que la motivación tiene que ser un elemento que los empleados tienen que traer desde casa”. Algunos podrían tildar este enfoque de “decimonónico”, pero yo quise ir más allá y me pregunté si puede tener cabida esta posibilidad en un momento histórico como este. Acabé finalmente preguntándome qué es lo que hacemos cuando motivamos en las empresas: así me di cuenta de lo terrorífica que es la respuesta a esta pregunta.

Si por motivar entendemos querer mantener encendido el motor del compromiso de nuestros empleados echando nosotros la gasolina que lo mantiene vivo, tenemos que asumir las consecuencias que no nos necesariamente positivas. Ese motor no es nuestro, por tanto no es nuestra la responsabilidad ni el derecho de quererlo mantener vivo a toda cuesta. El compromiso de nuestros empleados no es nuestro, sino es de ellos mismos. Mientras pretendamos alimentarlo como si se tratase de una prolongación de nosotros, el peligro que nos estaremos labrando es crear una generación de empleados “dependientes” de los que les demos, pendientes a nuestra voluntad, privados de  la posibilidad de entender su coresponsabilidad en el trabajo.

Los problemas surgen con esta forma de actuar,  cuando les acostumbrados a recibir motivación y sienten que no están siendo suficientemente motivados: los más fuertes reclaman su “derecho adquirido” a recibir motivación, y los más débiles se hunden en su incapacidad de sacar algo de voluntad ante situaciones más comprometidas. Ahí es cuando en nosotros surge la percepción de ingratitud y de lidiar como los padres lidian con “niños consentidos”.

Para evitar eso es oportuno que nos paremos en pensar en las consecuencias que estamos generando cuando pretendemos   motivar   por motivar a las personas, por pensar simplemente que es “nuestra obligación hacerlo”.

Como aquellos países más ricos que envían medicamentos y ayudas a los países más pobres, pero no se implican en solucionar su dependencia ayudándoles a generar su propia riqueza, es nuestro deber pensar si nuestras acciones están generando un beneficio a corto plazo que se traducirá en una mayor dependencia a largo plazo.

Quizás es hora de que entendamos que el compromiso de nuestros empleados es de ellos y no de nosotros, y que antes que motivarles por motivarles, tenemos que ayudarles a desarrollar sus propias capacidades de auto-motivación.

Facilitar y brindar en ellos la oportunidad de producir por sí mismos cadenas, sensaciones, sentimientos, ideas y comportamientos orientados hacia la búsqueda de elementos positivos e incentivos personales y propios en lo que hacen.

Esa es nuestra responsabilidad.

Nosotros decidimos si queremos ser propietarios de un parque de vehículos que no “arrancan” sin nuestra energía, o profesionales que facilitan el pleno desarrollo, la auto-determinación de las personas y su propia responsabilidad ante el trabajo.